En el cine de Hollywood ya no hay sexo

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En el cine de Hollywood ya no hay sexo

Mensaje por Vena el Mar Jun 10, 2008 4:41 am

Donde se filma no se goza

Las escenas explícitas ahora son materia de internet. El gueto porno creció y las estrellas sólo aparecen en acción en videítos “robados”. Porque en las películas hay terror a perder público y un pelo de pacato tira más que una yunta de bueyes.

Leonardo M. D’Espósito, 23.04.2008


La culpa puede ser –como de tantas otras cosas– de La Guerra de las Galaxias. O de Ronald Reagan, que inventó su propio cinturón de castidad antimisiles (atención, símbolo fálico), vulgarmente llamado “Proyecto Guerra de las Galaxias”. O de ambas cosas. Como sea, en el cine cada vez hay menos sexo. Y no sólo menor cantidad de escenas con el viejo uno-dos, sino desnudos. La creciente moralina en el cine –estadounidense, en principio– se puede resumir el detalle de que la anodina Shakespeare apasionado (1998) fue calificada “R” (los menores de 18 sólo pueden entrar con sus padres) porque hay una suave escena de cama y se ve, de costadito, un sector de un pezón de Gwyneth Paltrow.

No siempre fue así: de los años cincuenta en adelante, el cine europeo, ávido de realismo, había descubierto que el desnudo ya no era para el escándalo. Así, Ingmar Bergman mostraba los senos heroicos de Harriet Andersson en Un verano con Mónica y Roger Vadim, el cuerpo increíble de Brigitte Bardot en ...Y Dios creó a la mujer. Películas que en los Estados Unidos tenían problemas para ser proyectadas pero que, finalmente, lo lograban. Con los años 60, la agitación política y la Guerra de Vietnam, los guardianes de las buenas costumbres tenían otras cosas de qué preocuparse en lugar de protestar por un desnudo más o uno menos.

Por otro lado, era la época de la revolución sexual y se cambiaba la forma de calificar films en Estados Unidos. Hasta entonces, el código de censura creado por Will Hays directamente impedía a un film tener escenas de sexo, aludir a la homosexualidad y elogiar al comunismo o al socialismo.

En 1968, la Motion Pictures Association of America puso en vigencia un código por edades de modo tal que la moral de los vulnerables niños quedara a salvo. Y entonces el sexo creció al punto de que, en 1972, un film sobre una chica con clítoris en el garguero, Garganta profunda, justamente, tuvo un éxito enorme y una gran batalla contra el Estado, que terminó con la legalización de la pornografía.

En los 70, entonces, hubo sexo. Desnudos femeninos, masculinos y hasta niñas de doce años masturbándose violentamente con crucifijos (el super éxito de taquilla El exorcista). Y la historia de un prostituto con secuencias bastante subidas de tono (Perdidos en la noche) ganó el Oscar a Mejor película.

Y se acabó. Cuando muchos apostaban a que el sexo explícito finalmente iba a ser un ingrediente más en las películas que cualquiera podía ver, el éxito de Star Wars y el creciente gueto en que se metió la pornografía acabaron con la utopía. Por una parte, películas más caras implicaban tener un público cada vez más amplio, por lo que empezó una notoria obsesión por ofender la sensibilidad lo menos posible, como si el público masivo fuese sólo de niños y pacatos. Por otro, filmar es caro y el mercado del porno pasó de contar historias con secuencias de sexo a ser sólo secuencias de sexo sin ninguna historia. De paso, llegó el video a abaratar costos y ya sólo era cuestión de tomar planos de penetraciones y desnudos rápidos lo más largos posibles.

Con el porno en el gueto, el cine quedó castrado. En Hollywood, por lo menos, porque en Europa todo siguió más o menos como era entonces. En la era Reagan, aquellos ochenta, las películas estadounidenses con algo de sexo fueron más bien poco –o nada– explícitas; sin olvidar, claro, que eran años en los que el sida pasó de miedo homosexual a terror global, pasto a los guardianes de la moral para condenar el placer genital.

En los 90, nada de nada: cada pequeño desnudo implicó el miedo de los productores a que la calificación prohibiera a los niños y adolescentes ver los films. El mainstream sólo parió alguna película aislada como Bajos instintos –Paul Verhoeven, 1992, demostración desde la taquilla de que la gente siempre quiere carne–, que fue seguida por la aún más osada Showgirls, destrozada por la crítica. A tal punto el sexo fue tabú, que el gran argumento de ventas de un film tan amorfo como Striptease era que Demi Moore desnudaba sus senos recién refaccionados. El film era pésimo, el baile erótico de la actriz, menos calefaccionador que cualquier cosa que haga Laura Fidalgo en el programa de Marcelo Hugo, y el topless sólo podía ser audaz en un convento trapense. Por lo demás, el film se encargaba de decir que la pobre mujer se desnudaba para darle de comer a su hija (¿Naza la habrá visto?) y dejaba clarísimo que el strip-tease denigra a la mujer.

Cuando un film tiene una escena de sexo más o menos osada o directamente explícita (Shortbus, de John Cameron Mitchell, y el muchacho que se hace una autofellatio), queda relegada al circuito “independiente” o de “cine de arte”, incluso si se trata de películas que, sexo aparte, son más bien convencionales. La respuesta, se dijo, es económica: sexo implica que sólo los adultos pagan la entrada; y que sólo los adultos vayan al cine ya no es negocio. Podría pensarse que Hollywood no tiene por qué ser la norma: de hecho, los films de los años 70, porno aparte, con escenas más audaces y explícitas, eran europeos. Pero hoy pasa algo muy diferente: el mercado global de la distribución está totalmente dominado por Estados Unidos, y quienes quieren producir algo que pueda distribuirse en todo el mundo tienen que someterse a las reglas de representación que el gran mercado establece.

De allí que el poco sexo que se ve hoy en las pantallas sea lavado, coreografiado, más cercano a la publicidad que a la naturaleza carnal del cine. Hay excepciones, pero ninguna incluye desnudos frontales –especialmente masculinos– o escenas de penetración realistas. Cuando un film como The Brown Bunny (Vincent Gallo, 2003) muestra a una actriz “no-porno” (Chloë Sevigny) realizando una fellatio real a un actor real (el propio Gallo), hay escándalo, incluso si el film no es necesariamente sexual. Y el escándalo hoy en día es enemigo de la taquilla. Mientras, el mercado del porno casero, con cuerpos reales en situaciones cotidianas, crece internet mediante, con el goce comunitario reemplazado por el culposo y triste disfrute solitario.

Celebridades al desnudo (o no tanto)

Dentro del variadísimo panorama del porno que hoy en día se ofrece por internet, la “piel de estrella” se vende como una rareza, diríase casi como una perversión. Por módicos 30 dólares mensuales, el sitio Mr. Skin rastrea aquellos segundos de piel o sexo que los códigos morales del Hollywood actual dejaron escapar. Aplicado a explorar el costado más carnal del star system, el sitio hace críticas de las películas tomando exclusivamente en cuenta su octanaje sexual, recortando clips y ofreciendo galerías fotográficas de estrellas de intachable moral y vestuario, como, entre otras, Salma Hayek, Eva Longoria, Scarlett Johansson, Pamela Anderson, Natalie Portman, Angelina Jolie o Eva Mendes. La salida de Scarlett de una pileta en un filme de Woody Allen, pasada en cámara lenta, puede deparar un inicio de pezón. Y con eso alcanza. Así estamos.

El ranking de las más hot

La versión estadounidense de la revista de cine Premiere publicó una lista de las 20 mejores escenas de sexo de la historia del cine. El paseo incluye el feroz polvo en la escalera de Una historia violenta (David Cronenberg, 2005), el tórrido encuentro –nada fingido– de Beatrice Dalle y Jean-Hugues Anglade en Betty Blue (Jean-Jacques Beineix, 1986), el genial juego lésbico de Laura Harring y Naomi Watts en El camino de los sueños (o Mulholland Dr., David Lynch, 2002), los mohínes en el sofá de Marilyn Monroe en Una Eva y dos Adanes (Billy Wilder, 1959), la puesta de espaldas increíble de Kathleen Turner en Cuerpos ardientes (Lawrence Kasdan, 1981), el trío García Bernal-Maribel Verdú-Diego Luna en ...Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001) y, claro, el cara a cara impresionante de María Schneider y Marlon Brando –no, la manteca no, precisamente– de Último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1973).

Lo interesante de la lista es que ninguna de estas secuencias es verdaderamente explícita –salvo, quizás, la de Último tango...–. Son eróticas, perturbadoras, en el mejor de los casos (el dueto Susan Sarandon-Catherine Deneuve en El ansia; Tony Scott, 1983), sexies. Pero siempre son dos actores haciendo de cuenta que tienen sexo. Si estas escenas pueden ser elegidas para una lista en una revista de amplísimo público es porque no sólo se pueden encontrar en cualquier dvdclub, sino también porque cualquiera que las vea sabe que es todo “de mentira”.

Ni el perturbador encuentro incestuoso de Taboo (1980), ni las acrobacias surrealistas de Marilyn Chambers en Detrás de la puerta verde (1972), ni el –todavía hoy– sorprendente trabajo oral de Linda Lovelace en Garganta profunda, todos verdaderos momentos de sexo históricos en films que son también históricos tienen lugar en una lista tan, pero tan políticamente correcta.
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Creo que lo saqué de Perfil, me parece...

Saludos!

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